Etapa 1
FRANÇAIS
Domingo 16 (Oloron - Canfranc - Jaca)
Ayer, vi -demasiado tarde- que el Hotel de France, enfrente de mi hotel,
acogía calurosamente a los peregrinos. Tomo el desayuno ahí
y Bernadette me da mi primer sello (en la credencial, especie de pasaporte
que da acceso a los refugios o albergues de peregrinos). Transporto a
la estación la caja de la bici, muy deshecha por el viaje en avión,
y tomo el bus hasta el puerto de Somport, una región que vive del
esquí. Veo los Pirineos mucho mejor que si hubiera tenido que subir
en bici estas carreteras estrechísimas y empinadas, para las cuales
no estoy preparada.
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En el bus, veo una joven que viaja sola también y le propongo
sentarme con ella. Al principio pienso que me manda a paseo, pero
es que me no me ha entendido. Es alemana, y nos ponemos a hablar
en inglés, muy despacio. Tiene 18 años, es decoradora
de escaparate y dentro de poco dejará la casa de sus padres
para vivir con un amigo, en otra ciudad. Está empezando su
vida adulta con un peregrinaje a Santiago.
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Con los otros peregrinos a pie, se baja en el puerto de Somport,
nublado, frío y casi desierto. Yo decido hacer seis kilómetros
más para llegar al final del trayecto, Canfranc Estación,
un pueblo mas animado donde
puedo hacer unas compras.
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Menos mal que, pasado el puerto, el sol es radiante. Porque me
queda un trabajo de más de una hora: remontar la bici (poner
los pedales, el manillar, el sillín y la rueda delantera,
inflar las cámaras).
Una vez en marcha, me doy cuenta de todo. Estoy de vacaciones,
hace un tiempo ideal, estoy en la bici, hay arcenes anchos (como
en todas las nacionales), los pueblos se remontan a mil años,
visito el museo de la Torre de los Fusileros, tomo mi primera comida
en tierra española (con mi primer vaso de vino), gozo de
los prodigiosos paisajes pirenaicos, he cambiado totalmente de ambiente,
he empezado mi gran aventura y me siento feliz de la vida.
No paro en todos los pueblos señalados en las guías,
me pierdo un puente medieval, solo por el placer de rodar cuesta
abajo sin parar. Durante todo mi viaje, tuve que arbitrar entre
estos dos placeres. De todas formas, me doy cuenta enseguida que
no podré ver más que una minúscula parte de
lo que ofrece el Camino.
En Jaca, después de una larga búsqueda, encuentro
el albergue de peregrinos en el fondo de una pequeña calle
del viejo barrio. Una sorpresa, el hospitalero voluntario es griego.
Veo lo que hay que ver: la catedral, el museo diocesano lleno
de riquezas, especialmente una colección de vírgenes,
que sirve de curso intensivo sobre el estilo románico Un
Pantocrator me subyuga: parece muy moderno, hubiera podido pintarlo
Picasso. Para la cena, salgo de tapeo, una institución que
no existe en mi país y que he echado de menos.
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Torre
de los Fusileros
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Pantocrator,
Museo diocesano, Jaca
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